3/14/2013

 
 
“Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”, así rezaba un antiguo eslogan de los años 60 con el que los responsables de entonces intentaban concienciar a nuestra sociedad de los peligros que tiene el descuido de una colilla mal apagada o una inocente barbacoa en medio del campo. Bien leída, aquella frase tiene mucho más alcance del que parecía en aquel momento, no sólo hace referencia a hechos aislados y fortuitos, sino al cambio profundo que ha tenido lugar en la sociedad y su relación con el fuego.
 
En tiempos pasados, los fuegos seguían una secuencia marcada por la propia naturaleza, los rayos eran la fuente principal de ignición, sin embargo, ahora, el origen de la mayoría de los incendios que tienen lugar en el mundo tienen causas relacionadas con la actividad humana. El mundo ha cambiado de una forma vertiginosa gracias a nosotros, además de nuestra inevitable presencia en la mayoría de los ecosistemas, ha cambiado también nuestra relación con el entorno.
 
Ya no necesitamos salir al campo a recoger la leña seca para calentar nuestros hogares, regiones donde antaño pastoreaban inmensos rebaños ahora permiten el crecimiento de enormes cantidades de hierba que se convierten en combustible durante la estación seca, muchos cultivos que entonces tenían una baja rentabilidad pero servían para sustentar a una familia, ahora se han abandonado y el terreno se explota de manera diferente. También hemos creado nuevos bosques pero muchos páramos se han repoblado con especies que generan madera aunque tienen el inconveniente de que arden con facilidad. Se han construido urbanizaciones en lugares idílicos sin pensar que, en caso de incendio, tal vez tengan que pagar un elevado precio por ello, en enseres y, tal vez, en vidas humanas. En resumen, ha cambiado todo nuestro entorno social y económico y ello ha modificado también nuestra relación con el fuego.
 
Otro factor viene a unirse al problema, multiplicando la secuencia y el poder destructor del fuego, un factor que también nosotros estamos potenciando: “el cambio climático”.
 
La elevación de la temperatura media del planeta tiene consecuencias difíciles de cuantificar, pero casi nadie discute ya su realidad. La continua emisión de gases de efecto invernadero está permitiendo que la atmósfera terrestre acumule más energía, una energía que potencia los efectos de todos los fenómenos que en ella suceden. El cambio del clima en el futuro no es algo que se producirá de la noche a la mañana, será gradual y con un reparto desigual, y se ha producido muchas veces a lo largo de la historia del planeta. Sin embargo, ahora, el proceso, gracias a nuestra ayuda, se está acelerando. Muchos factores que están conectados con el cambio del clima global se hacen presentes ya en el siglo XXI: aumento de la frecuencia y duración de los periodos de sequía en algunas zonas, el incremento de lluvias e inundaciones en otras, el deshielo de las grandes masas heladas del planeta, la subida del nivel de las aguas de mares y océanos, el incremento en la frecuencia y poder destructivo de huracanes y otros fenómenos adversos, son sólo algunas de la larga lista de consecuencias lógicas. En muchas regiones, el fuego tendrá en el cambio climático a su mejor aliado.
 
Hoy nos acompaña un científico que estudia la relación de fuego con los factores que hemos mencionado. Es Don José Manuel Moreno Rodríguez, Vicepresidente del Grupo II del IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático) y responsable de un Proyecto europeo que tiene como objetivo estudiar los incendios forestales bajo condiciones de cambio climático, social y económico (FUME). Don José Manuel Moreno es Catedrático de Ecología y Director del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Castilla-La Mancha en Toledo. Les invitamos a escucharlo.
 
 
  No podemos evitar un merecido sentimiento de culpa cuando una especie emblemática desaparece de lugares en los que antaño fue común, especialmente si, como suele ocurrir, hemos sido la causa directa o indirecta de su desaparición. Éste es el caso más dramático pero también hay lugares donde una especie amenazada sigue existiendo pero su población es tan escasa que tiene pocas posibilidades de futuro ¿Qué se puede hacer para favorecer la conservación de esas especies en sus hábitats de origen? ¿Qué estrategias son las más adecuadas para que nuestros esfuerzos se vean coronados por el éxito?

Si la especie ha desaparecido de su región de origen pero sigue existiendo en libertad en otros lugares o bien se conserva en cautividad, quizás exista la posibilidad de devolverla de nuevo a su hábitat natural. Se puede escoger un conjunto de individuos adultos y soltarlos en su antiguo territorio con la esperanza de que logren salir adelante y formen una población estable (hablamos entonces de “reintroducción”). Cuando la especie todavía existe en una zona determinada pero el problema es la escasez de individuos, se puede aumentar su número liberando ejemplares procedentes de su cría en cautividad o de otras poblaciones salvajes, con la esperanza de que la población supere las dificultades y logre tener en el futuro una población estable (en este caso se habla de “reforzamiento”).

Este tipo de actuaciones nada tiene que ver con el hecho de soltar ejemplares de una especie que jamás ha existido en el lugar, en ese caso, probablemente se trata de un delito ecológico (hablamos de “introducción”).
Definidas así las opciones, parece empresa fácil de realizar, pero nada más lejos de la realidad, como explica hoy nuestra invitada en “Hablando con Científicos”, Graciela Gómez Nicola, profesora de zoología en la Facultad de Ciencias Ambientales y Bioquímica de Toledo.

Los intentos de reintroducción o reforzamiento de poblaciones son variados y entrañan, muchas veces, dificultades insalvables. No obstante, la experiencia acumulada es muy valiosa y su estudio ha servido para elaborar criterios de actuación que potenciarán las posibilidades de éxito de proyectos futuros. Éste ha sido el objetivo de un estudio que ha recopilado los datos y experiencias de 280 trabajos publicados en ocho de las más relevantes revistas científicas en materia de conservación biológica y 174 proyectos relacionados con reintroducciones y reforzamiento de poblaciones en España. En el estudio, publicado en la revista Frontiers in Ecology and the Environment, han participado los investigadores Irene Pérez Ibarra y José Daniel Anadón, (Arizona State University), Mario Díaz (Museo Nacional de Ciencias Naturales. CSIC ), José L. Tella (Estación Biológica de Doñana ), Andrés Giménez y nuestra invitada, Graciela Gómez Nicola (Universidad de Castilla – La Mancha).
En el estudio se proponen 10 criterios básicos para evaluar la necesidad y viabilidad de las reintroducciones y reforzamiento de poblaciones de especies.

Les invitamos a escuchar “Hablando con Científicos”
REFERENCIAS
What is wrong with current translocations? A review and a decision-making proposal

 
 
Nos maravillan las construcciones y obras de ingeniería que han ido dando forma al mundo moderno. Nuestros ojos observan incrédulos los edificios altísimos de las ciudades, los monumentos, las grandes avenidas y calles asfaltadas, etc. Nos trasladamos de una ciudad a otra circulando por larguísimas carreteras o autopistas y, si el viaje es en tren, las vías se nos antojan infinitas, con sus raíles sobre traviesas de hormigón y piedras. Impresiona pensar la cantidad de conocimientos y cálculos que hay que hacer para llevar a cabo esas obras pero pocas veces nos paramos a pensar en los materiales básicos con los que son construidas.
En estos momentos es inconcebible erigir una obra arquitectónica sin utilizar cantidades considerables de hormigón, un material de construcción indispensable. Las carreteras y autopistas serían un sueño imposible sin esas piedrecitas que, convenientemente apisonadas y unidas por el asfalto, proporcionan la base sobre la que nos deslizamos con nuestros vehículos. Los trenes circulan sobre lechos de balasto, nombre con el que se identifica a las piedras sobre el que se apoyan las traviesas que sustentan los raíles. Ya lo ven, en el fondo no hemos cambiado los materiales básicos de construcción que se vienen usando desde los tiempos de los antiguos egipcios, griegos y romanos; ellos utilizaban sillares de piedra para sus construcciones y nosotros hacemos lo mismo pero empleando rocas de muy diverso tamaño unidas con sustancias aglomerantes que les da consistencia. A estos materiales pétreos de granos de distinto tamaño se les denomina con el nombre genérico de “áridos”.
¿Qué son los áridos?
Árido es la arena formada por pequeños granos de roca que no superan los cinco milímetros de diámetro. También son áridos las gravas y gravillas de cantos rodados, es decir, esas piedras de distinto tamaño que las aguas de los ríos han ido labrando durante cientos o miles de años. Áridos son los pedazos de rocas machacadas cuyos fragmentos angulosos sirven de base para la fabricación del hormigón, el pavimento de las carreteras o el balastro de las vías férreas. Por último, existen áridos ligeros que son creados de forma natural en las erupciones volcánicas y que contienen una gran cantidad de poros en su interior.
Después del agua, los áridos constituyen la primera materia prima consumida por el ser humano. Si repartiéramos equitativamente entre todos nosotros los áridos consumidos durante un año, por término medio, a cada uno nos corresponderían nada menos que 7 toneladas.
Áridos para el hormigón.
El hormigón se forma a partir de una mezcla de cemento, áridos y agua. Para fabricar un metro cúbico de hormigón se emplean entre 1.800 y 2.000 kilos de áridos. Piensen que para construir una vivienda aislada se consumen entre 100 y 300 toneladas de hormigón, la construcción de un colegio requiere entre 2.000 y 4.000 toneladas y un kilómetro de autopista se lleva unas 30.000 toneladas ¿Se imaginan la cantidad de áridos que debimos extraer de la tierra durante los pasados años de bonanza en España?
Lógicamente, todos esos áridos deben salir de algún lugar. La arena y las gravas se extraen de los restos que dejaron a su paso las aguas de los ríos pasados y presentes, otros áridos se obtienen directamente de las rocas en las canteras, que son posteriormente machacados para darle un tamaño medio útil para sus diversas aplicaciones. Cuando los áridos se apilan en las canteras, lo habrán visto alguna vez, se forman verdaderas montañas artificiales desde las que se distribuyen hasta los lugares de uso. También habrán visto ciertos lugares en los que colinas enteras son cortadas como si fueran mantequilla para obtener la piedra que, triturada, forma los áridos.
Ya han comprobado la importancia de los áridos, pero no acaba ahí la historia. Los áridos no pueden ser utilizados de cualquier manera para hacer hormigón, antes deben estar limpios. Dado que los trozos de piedra, en el momento de su extracción, suelen estar rodeados de una fina capa de arcilla, hay que someterlos a un proceso de limpieza con agua para liberarlos de la arcilla y de los restos orgánicos, si los hay. Ese proceso requiere ingentes cantidades de agua que, después de utilizada, se suele acumular en enormes estanques donde las partículas de arcilla se sedimentan creando lodos. Estos lodos no son tóxicos, pero ocupan lugar y darles salida es, a veces, difícil.
La investigación de nuevos áridos ligeros
Dar una salida útil a estos desechos es el objetivo de una investigación que, desde hace unos años, se ha estado desarrollando en la Facultad de Ciencias del Medio Ambiente de la Universidad de Castilla la Mancha en Toledo. Observen que hablo en pasado porque en estos momentos, debido a la crisis, la investigación se encuentra en punto muerto por falta de fondos. Allí se creó un laboratorio que cuenta con los más sofisticados equipos de análisis, hornos e instrumentación necesarios para investigar diversas formas de aprovechar los lodos generados por la elaboración de áridos, junto a los desechos que se producen en la minería e, incluso, el aceite usado de los vehículos. Con estos ingredientes básicos, en el laboratorio se logró elaborar un nuevo material, un árido ligero, que promete ser útil para la construcción, geotecnia, jardinería o agricultura.
El árido camino del investigador tras los recortes de la crisis económica.
El material elaborado (ver fotografía) nos lo ha mostrado, orgulloso, nuestro invitado de hoy, Jacinto Alonso Azcárate, profesor del área de Cristalografía y Mineralogía en la Facultad de Ciencias del Medio Ambiente de Toledo. D. Jacinto Alonso fue director de tesis de Beatriz González Corrochano, quien, como él mismo comenta en la entrevista, fue el alma del proyecto y así lo reflejan los artículos de investigación publicados.
Sin embargo, el éxito de una investigación no es suficiente para continuar, como no lo son los sofisticados y carísimos equipos que en estos momentos duermen el sueño de los olvidados en el laboratorio. Hacen falta personas preparadas para que esos equipos den nuevos frutos. Hay dos inversiones que ya están hechas: los equipos y la formación de los científicos que han luchado para adquirir unos conocimientos que ahora podrían dar nuevos frutos para la ciencia y la sociedad. Es una pena que todo se pierda por falta de una beca, de un contrato o de un apoyo económico que les permita sobrevivir mientras investigan nuevos caminos del conocimiento, unas investigaciones que, como el tema que nos ocupa hoy, en un futuro traerán beneficios a toda la sociedad. El laboratorio espera ahora la llegada de fondos, algunos ya concedidos y otros en concurso, para seguir adelante ¡Ánimo!
REFERENCIAS
“Microstructure and mineralogy of lightweight aggregates produced
from washing aggregate sludge, fly ash and used motor oil”
B. González-Corrochano, J. Alonso-Azcárate, M. Rodas, F.J. Luque, J.F. Barrenechea” Cement & Concrete Composites 32 (2010) 694–707
“Effect of thermal treatment on the retention of chemical elements in the structure of lightweight aggregates manufactured from contaminated mine soil and fly ash” B. González-Corrochano, J. Alonso-Azcárate, M. Rodas. Construction and Building Materials 35 (2012) 497–507
“Production of lightweight aggregates from mining and industrial wastes”
B. González-Corrochano a, J. Alonso-Azcárate, M. Rodas. Journal of Environmental Management 90 (2009) 2801–2812
“Characterization of lightweight aggregates manufactured from washing
aggregate sludge and fly ash” B. González-Corrochanoa, J. Alonso-Azcárate, M. Rodas. Resources, Conservation and Recycling 53 (2009) 571–581
 
La Tierra y la Luna forman un único conjunto astronómico, un sistema doble que danza sin fin alrededor de un centro común situado a 4.800 km del centro de nuestro planeta en la línea que une ambos cuerpos. Esa danza tiene un precio. Las mareas que provoca un astro en el otro frenan el movimiento de rotación tanto de la Tierra como de la Luna. En nuestro planeta los días son ahora mucho más largos que al principio de su formación y la Luna ha reducido su periodo de rotación, de tal manera, que tarda el mismo tiempo en dar una vuelta alrededor de la Tierra que en girar sobre su eje: 27 días, 7 horas y 43 minutos. Ese sincronismo obliga a la Luna a mostrarnos siempre la misma cara y, en consecuencia, ocultarnos su otra mitad.
Releyendo el magnífico libro de divulgación “A ras de Cielo” escrito por David Galadí Enríquez, astrónomo del Centro Astronómico Hispano-Alemán (Observatorio de Calar Alto) comprendí que el empeño de la Luna por mirar a la Tierra siempre con la misma cara no es excepcional, está escrito en las leyes físicas que gobiernan el movimiento de los astros. Muchos otros cuerpos celestes siguen un baile semejante: los satélites de Marte, los grandes satélites de Júpiter y Saturno, incluso el degradado planeta enano Plutón hace lo mismo con su satélite Caronte.
Plutón es un caso especial porque, en cierto sentido, tiene ciertas similitudes con la Tierra. Al igual que nuestro planeta, Plutón tiene un acompañante que, comparado con él en tamaño, es muy grande. Plutón es mucho más pequeño que la Tierra, su diámetro (2.390 km) es menor, incluso, que el de la Luna (3.474 km), de ahí su pérdida de protagonismo entre los planetas del Sistema Solar. Su luna Caronte es más pequeña que él (1.207 km de diámetro) pero, comparada con el planeta enano, es muy grande, por esa razón ambos cuerpos son considerados también como un sistema doble. Un sistema que giran mostrándose siempre la misma cara.
No obstante, los casos de nuestro sistema y el sistema de Plutón son sólo una de las soluciones que la naturaleza ofrece a la hora de sincronizar los movimientos de los astros. La combinación de los efectos debidos a la rotación junto a la excentricidad de la órbita puede dar soluciones distintas al sincronismo 1:1 (una vuelta alrededor del eje, por cada órbita). Mercurio es un buen ejemplo que trajo de cabeza a los científicos hasta 1965. En un principio se pensaba que su rotación estaba sincronizada con su traslación alrededor del Sol pero después se descubrió que el sincronismo es más curioso, da tres vueltas sobre su eje cada dos años mercurianos (tiene un sincronismo 2:3).
De todas estas cosas habla hoy David Galadí Enríquez en Hablando con Científicos.
 
 
Cuando escuchamos la palabra “radiación” tendemos a asociarla a procesos nucleares indeseables, sin embargo, el verdadero significado es mucho más amplio. La forma más cotidiana de radiación es la que lleva el apellido de “electromagnética”, una categoría a la que pertenecen, el radar, las ondas de radio y televisión, las microondas, la luz visible, los rayos ultravioleta o los rayos X y gamma. Todas esas formas de radiación muestran su particular firma al interactuar con la materia. Hoy hablamos con D. Josep Lluis Font, profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña, de la interacción entre la radiación electromagnética y la materia.
Lo mismo que hay muchas más radiaciones, en general, de las que creemos, también existe más luz (radiación electromagnética) de la que podemos ver. Nuestros ojos son instrumentos maravillosos pero limitados. La luz visible es un trozo muy pequeño de todo el pastel de ondas electromagnéticas posibles. Si las pudiéramos ver todas, el arco iris sería muchísimo más ancho y estaría adornado por un número infinito de colores, unos se situarían entes del rojo y otros a continuación del violeta. Nuestros ojos no los pueden ver pero hemos desarrollado toda una tecnología que los ve por nosotros.
Las ondas electromagnéticas de frecuencia más baja hemos aprendido a detectarlas con instrumentos como el aparato de radio. Nosotros no las vemos, pero su receptor radiofónico sí. Su aparato de radio ha sido diseñado para captarlas y convertirlas en ondas sonoras que pueden ser detectadas por nuestro oído. Gracias a la tecnología que nos permite captar y generar ondas de radio se abrió una puerta que nos permite comunicarnos entre nosotros y escuchar los latidos de las estrellas.

NUEVOS OJOS PARA INVESTIGAR LA RADIACIÓN QUE LLEGA DEL COSMOS

Desde las lejanas galaxias están llegando continuamente señales de radio a la Tierra. Son señales muy débiles, tanto, que nuestro receptor radiofónico es incapaz de captarla es incapaz de y, si lo hiciera, sólo podría ofrecernos ruido. Un ruido que encierra los más íntimos secretos del Universo. La rama de la astronomía que se dedica a mirar el cosmos con ojos artificiales capaces “ver” las señales de radio es la radioastronomía. Utiliza instrumentos de gran tamaño, el mayor de todos es el radiotelescopio de Arecibo, una inmensa antena parabólica de 305 metros de diámetro situada en Puerto Rico, en una cuenca natural entre montañas.
Otra fórmula de escuchar los latidos de radio del universo es mediante asociaciones de antenas independientes que suman sus esfuerzos entre sí. Una de las instalaciones emblemáticas está en una llanura de Nuevo Méjico, allí 27 parábolas, de 25 metros de diámetro cada una, se extienden a lo largo de tres brazos de 21 kilómetros de largo.
Como las ondas que se superponen sobre las olas del mar, desde las profundidades del universo nos llegan señales electromagnéticas de longitud de onda más pequeña con otras mayores. Algunas, como las microondas, atraviesan la atmósfera terrestre y pueden ser detectadas tanto desde la tierra como desde el espacio. Otras, como las infrarrojas, llamadas así porque si las pudiéramos ver estarían situadas inmediatamente después del rojo en el arco iris, son absorbidas por las nubes y el dióxido de carbono. Por esa razón, tan solo pueden ser observadas desde telescopios situados en lugares muy altos y muy secos, desde aviones o desde el espacio.
La luz infrarroja es importante porque facilita información sobre los objetos fríos del universo. Es muy difícil de manejar porque cualquier objeto emite radiación de este tipo, salvo que esté lo más frío que un cuerpo puede estar, al cero absoluto. La atmósfera terrestre emite luz infrarroja y lo mismo hacen los instrumentos, máquinas y… nosotros mismos. Por encima del infrarrojo, la radiación de frecuencia más alta se hace visible. Los colores del arco iris son en realidad frecuencias distintas que van desde la más baja, el rojo, hasta la más alta, el violeta. Es una radiación que podemos ver pero que llega muy tenue cuando los objetos que la originan están muy lejos. Para aumentar la cantidad de luz se emplean grandes espejos o lentes de los telescopios ópticos. Son, en realidad, formas artificiales de aumentar el tamaño de nuestra retina.

Ver la radiación cósmica que tiene un “color” más allá del violeta requiere también la ayuda de la tecnología moderna. Los telescopios situados sobre la superficie terrestre pueden recoger determinadas frecuencias pero no todas. Algunas de las ondas del ultravioleta son absorbidas por la capa de ozono, de manera que, si queremos ver esa luz, tenemos que escapar hacia al espacio exterior a la Tierra.
Desde 1968 se han ido lanzado observatorios espaciales capaces de observar el ultravioleta, incluso se ha puesto uno de ellos en la Luna, lo hicieron los astronautas del Apolo en 1972. La luz ultravioleta nos habla de los objetos calientes del universo, estrellas lejanas y galaxias, su radiación es recogida por instrumentos sofisticados y traducida a colores visibles para que podamos disfrutar del espectáculo con nuestros ojos limitados.
Pero todavía se puede ir más allá del ultravioleta. Existe una astronomía de rayos X y otra de ondas aún más cortas, la de los rayos gamma. Son radiaciones que nos hablan de grandes cataclismos cósmicos: explosiones de estrellas, colisiones entre galaxias, etc. Todo un universo de comportamientos que podemos observar gracias a los esfuerzos de una legión inmensa de anónimos inventores, soñadores y entusiastas que lucharon para que la humanidad pudiera observar las olas del océano cósmico.

Las ondas electromagnéticas no sólo llegan del cielo, la mayor parte de las que recibimos se generan aquí, en la Tierra o, a lo sumo, en nuestra estrella. De ellas nos habla hoy D. Josep Lluis Font, profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña. Les invito a escuchar la entrevista.

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