RADIO KOSMOS CHILE

8/12/2008

HACER CIENCIA PARA APRENDER CIENCIAS...

 APRENDIZAJE POR INDAGACIÓN

Cuando pensamos en “hacer ciencia en el aula” seguramente recordamos el famoso método científico con el que muchos de nosotros fuimos bombardeados en nuestra época escolar. La ciencia, en forma caricaturizada, sería una receta infalible según la cual hay que ponerse firmes y rígidos y 1) observar, 2) hipotetizar, 3) experimentar, 4) deducir y volver a empezar, todo eso sin repetir, sin soplar, sin saltearse ningún paso ni alterar su orden “natural”.

Es como si la ciencia estuviera compuesta por numerosas iteraciones de este famoso método, independientes entre sí y sujetas a un orden casi preestablecido. Es más: donde no hay orden, parece que no hay ciencia, no hay nada. Los famosos “anarquistas científicos”, con Paul Feyerabend a la cabeza, van mucho más allá, y llegan a proponer que la única manera de hacer ciencia es ir directamente en contra del método científico, encontrando caminos alternativos y desordenados.

Como siempre, en medio de estas puntas hay un ovillo, que es el que debemos comenzar a desenrollar para poder enseñar a pensar científicamente en el aula. Una de las posibilidades es la de la “enseñanza por indagación”, en la que los alumnos se visten de científicos y el docente, de maestro de científicos, y recorren las etapas de producción de conocimiento científico; en esta versión, los alumnos son actores activos en la generación del conocimiento.

¿Qué es lo que se “indaga” en este aprendizaje?

Algo similar a lo que ocurre en la ciencia profesional: a partir de una observación, o de una situación planteada por el docente, el aula se convierte en un laboratorio de preguntas, ideas y experimentos. Aquí la palabra del docente es fundamental, para orientar esta indagación hacia playas fértiles y creativas (aun si son inesperadas). Pensar científicamente requiere la capacidad de explorar y hacerle preguntas al mundo natural de manera sistemática pero al mismo tiempo, creativa y juguetona. Implica poder imaginar explicaciones de cómo funcionan las cosas y buscar formas de ponerlas a prueba, pensando en otras interpretaciones posibles para lo que vemos y usando evidencias para dar sustento a nuestras ideas cuando debatimos con otros.

Estas preguntas a la que hago referencia, deben ser afinadas y guiadas hasta que se constituyan en verdaderas preguntas científicas, o sea, comprobables experimentalmente, puestas a prueba, disparadoras de predicciones. Claro, el asunto es determinar que una pregunta es científica, y eso, de por sí es toda una pregunta. En un texto curiosamente llamado “Haciendo ciencia” de Bybee, R., se proponen algunos criterios para decidir la “cientificidad” de una pregunta para el aula:

• Debe basarse en objetos, organismos y eventos del mundo natural.
• No debe basarse en opiniones, sentimientos y creencias.
• Debe poder ser investigada a través de experimentos u observaciones.
• Debe llevar a la recolección de evidencia y el uso de información para explicar cómo funciona el mundo natural.

El asunto es que tanto los docentes como los alumnos se ejerciten en este tipo de preguntas para que más adelante formularlas sea casi una cuestión de rutina. En particular, el docente debe incorporar preguntas de carácter estratégico que guían al alumno y lo estimulan a ir un poco más allá, construyendo de esa manera su propio camino y su propio conocimiento.

En el proceso tradicionalmente denominado método científico, estas preguntas están usualmente camufladas bajo el disfraz de hipótesis, pero cuesta mucho encontrarlas detrás de tanto maquillaje. Sin embargo, en el aprendizaje por indagación, la hipótesis es el corolario de toda buena pregunta científica; en cierta forma, es el paso previo para enfrentarnos a una resolución experimental de la cuestión en estudio. Una hipótesis abre múltiples puertas o predicciones, todas las cuales debieran ser comprobables o refutables en las condiciones experimentales adecuadas.

¿Qué es lo que tienen series televisivas como CSI o Doctor House para hacerlas tan atractivas entre todo tipo de público, más allá del exceso de jerga técnica e incomprensible en el que suelen incurrir?

Posiblemente sea el desafío de tener que resolver un caso concreto, en el que la ciencia provee de herramientas para resolver las pistas que se van sucediendo. Esta parece ser una estrategia directamente extrapolable al aula, ya que si se trata de entusiasmar e incentivar a nuestros alumnos, bienvenidos sean los problemas.

Si hay algo claro es que no hay “dos ciencias”, una para los investigadores y otra para la escuela, sino una sola, con sus maravillas y sus frustraciones cotidianas. El desafío es, entonces, cómo hacer ciencia en el aula. Ante esta sola mención, muchos docentes y alumnos huirán espantados, imaginando complicadas fórmulas, aceleradores de partículas o enciclopedias de datos y circuitos electrónicos. Sin embargo, esa ciencia que buscamos está en otra parte: en la indagación permanente, en alimentar las preguntas con experimentos y discusiones entusiastas; en suma, de investigar.

De cualquier manera, y como reflexión final, fomentar la enseñanza de las ciencias en todos los niveles educativos es imaginar un futuro. Como sugieren Millar y Osborne, las cuatro preguntas principales de la educación científica actual, pero con una mirada hacia delante, son las siguientes:

1. ¿Cuáles son los éxitos y fracasos de la educación en ciencias actualmente?
2. ¿Qué tipo de educación científica necesitan los jóvenes de hoy en día?
3. ¿Cuáles serían el contenido y la estructura de un modelo adecuado y factible para el currículo de ciencias para todos los jóvenes?
4. ¿Qué problemas traería la implementación de tal currículo, y cómo se resolverían?

En el fondo, la discusión apunta a la disparidad entre los contenidos actuales, los intereses de los alumnos y las necesidades reales del Estado. Los asuntos científicos y tecnológicos, como hemos visto, cobran una importancia creciente en nuestra vida cotidiana, y demandan una población con la preparación suficiente como para entender de qué tratan los debates contemporáneos; lo cierto es que todo comienza en el aula y, en nuestro caso, en el aula de ciencias, que debiera ser cuna de preguntas y pasiones.

Freddy González
“Un hombre de a pie”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario